Comenzar el día con una alegría siempre es motivo de celebración y regocijó. Doña Margarita, inquilina del asilo de ancianos permitió por fin que una cálida sonrisa se dibujara en su rostro, era un gran momento ya habían pasado cerca de 14 años en los que su único hijo por quien diera todo para proporcionarle sus estudios se marchara del estado a ejercer su profesión, cuentan las enfermeras que Margarita no se amedrentarse ante la posibilidad de fallecer, pero tampoco sonreía, solía comer apenas lo suficiente para mantener su organismo funcionando y en lo habitual se le encontraba en su silla de ruedas en aquella sala fría y solitaria, todos conocían su pena, pero también su mayor anhelo y es que en lo más profundo de su corazón Margarita no dejaba morir aquella esperanza de encontrarse algún día antes de partir, con su único hijo Pepe Toño.
Pepe Toño como le decía de cariño la abuelita más tierna del asilo había tomado su rumbo en el estado de Coahuila ejerciendo la carrera de Ingeniero Industrial, ya casado y con cuatro hijos le era prácticamente imposible mantener comunicación con su madre, ha no ser por unas cartas que Pepe hacía llegar a casa de su madre, mismas que su tío Apolonio le hacía llegar a Margarita en el interior de su habitación, Pepe no sabía que su madre había perdido su casa por auxiliar a un sobrino cuyo destino no conoce la familia. Recordar el preciso momento en que Margarita observaba llegar a Pepe Toño por aquella entrada de pasillos largos, ha quedado grabado en mi vida y es que por unos escasos segundos la respiración de Margarita ceso mientras el ritmo del corazón latía más y más fuerte una y otra vez, sus brazos y manos rígidos por no recibir movimiento alguno, cobraron vida, como si se tratase del último momento, para poder estirarlos hizo uso de toda su fuerza para poder entregar ese amor de madre que estaba allá guardado para ese momento tan especial en el que estrecharía los brazos de Pepe Toño; su único hijo.
Si, para Margarita el martes 18 de enero es un día especial, por fin su sueño se vuelve realidad, ella se va de ese asilo a pasar tal vez sus últimos momentos de vida felizmente a lado de su hijo, nuera y nietos, pero para los demás inquilinos la vida sigue como siempre, nuestro amigo José un ancianito de 72 años que espera ansioso la llegada de su sobrino, en su memoria aguarda una imagen de aquella última vez que lo vio y es que ambos se hicieron un juramento de volver a encontrarse, Manuel se fue esa tarde en la que el sol brillaba con tal fuerza, que apenas se podía ver, la falta de estudios y trabajo lo obligaron ha perseguir el sueño americano, desde entonces solo 3 llamadas se recibieron en aquel asiló, para después dejar de sonar ese teléfono de su cuarto junto a la ventana y comenzar a escribir aquella historia de José otros más de tantos abuelitos que habitan en aquel asilo frio y solitario.
Como estas dos historia hay muchas más en el interior de estas paredes, desde relatos de la revolución mexicana, Porfirio Díaz, hasta la muerte de Colosio y su trágica vida de Salinas de Gortari y es que mucho valdría la pena compartir una tarde con esos abuelitos tan dulces y tiernos y escuchar sus relatos de una vida simple sin tantas preocupaciones pero eso si llenas de alegrías y tristezas.
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